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7 oct. 2011

Desenterrando el pasado (parte 4).

A partir de ahí, comenzamos a vernos más o menos regularmente. Sus padres lo traían a mi casa cuando no podían ocuparse de él (a veces venía también Fátima, aunque yo había comenzado a admirar más a su hermano pequeño que a ella), y cuando eran los míos quienes tenían cosas que hacer, me llevaban a mi a la suya. Algunas tardes nos llevaban juntos al parque o a dar un paseo y, además, en seguida comenzamos a quedarnos ocasionalmente a dormir el uno en casa del otro. Nos lo pasábamos tan bien juntos... Yo empecé el colegio y aprendí a leer lo más rápido que pude. Muchas veces nos tumbábamos los dos en el suelo, con un libro delante de nosotros, y lo leíamos a la vez. Al principio él siempre terminaba las páginas antes que yo, pero muy pronto cogí su ritmo y llegó un momento en el que leíamos totalmente compenetrados. Era increíble. Pero no sólo leíamos. También nos gustaba jugar a inventarnos historias. Y cuando ya nos las habíamos inventado, las escribíamos acompañadas de dibujos. Otra cosa que hacíamos con frecuencia era pintarnos la cara el uno al otro y vestirnos con las ropas más extravagantes que pudiéramos encontrar. Recuerdo que nos observábamos y nos reíamos tanto que terminábamos rodando por el suelo. Algunas veces jugábamos a juegos más tipicos: exploradores, la pilla, el escondite... No necesitábamos nada para divertirnos que no fuera tenernos el uno al otro. De hecho, casi nunca utilizábamos juguetes cuando estábamos juntos. La imaginación era nuestra principal forma de vida.

Con el paso de los años, la confianza entre ambos alcanzó el punto en el que podíamos ponernos bordes y descargar nuestro mal humor el uno sobre el otro, porque sabíamos que, pasara lo que pasase, siempre acabaríamos perdonándonos. De este modo empezaron los enfados, los típicos enfados entre niños pequeños sin maldad ni importancia. En realidad eran uno más de nuestros juegos. Nos gustaba poner a prueba la paciencia del otro, de manera que nos hacíamos rabiar hasta que alguno explotaba y empezábamos a pegarnos. Lógicamente, en ese momento intervenían los adultos y, en menos de cinco minutos, ya estábamos los dos leyendo juntos tranquilamente, como si nada hubiera ocurrido.

Cuando teníamos nueve (yo) y diez (él) años, nuestra amistad dio el siguiente paso. Comenzamos a pasar horas y horas sentados, sin hacer otra cosa más que compartir nuestros pensamientos, angustias y reflexiones. Ninguno nos habíamos soltado así con nadie, jamás. Y fue una maravilla hacerlo juntos. Él me contaba cosas que le decían sus padres, y yo le explicaba lo que opinaban los míos al respecto. Después juntábamos ambos puntos de vista y formábamos el nuestro propio. Gracias a esas charlas, ambos desarrollamos enormemente nuestra capacidad crítica. 

En cuanto a Fátima, no penséis que dejé de tener trato con ella. Al contrario. Dado que llegó un momento en el que mi casa era la de David y la casa de David era la mía, Fátima se convirtió en la hermana que nunca tuve. Y lo mismo pasó con mis hermanos y mi amigo. Podría decirse que éramos todos como una gran familia, aunque me consta que los únicos que teníamos una conexión tan fuerte éramos David y yo.

2 comentarios:

  1. Por la pinta que lleva esto, y te lo digo en serio, no te has planteado convertirlo en una novela?
    Me encanta como escribes de verdad.

    Un saludito desde Mundo Paralelo

    LauNeluc

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  2. Te sigo también desde mi blog personal :)

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